"Hace mucho que olvidé cómo era realmente
de niño. No me refiero a cómo me comportaba ante los demás,
sino cómo me sentía, qué me hería, de qué
tenía miedo. En realidad en el colegio me las arreglaba bastante bien
y creo que antes también. En el jardín de infantes era un muchachito
bastante travieso, como solía decirme mi madre. Era de cabello corto
rubio, lleno de energía y bastante insolente. En realidad todos me respetaban
y cuando no, lograba que lo hicieran. En algún momento, quizá,
fui tal como los demás me veían o me querían ver. Pero
también recuerdo que era tremendamente difícil alcanzar ese punto:
imponerse y actuar como un verdadero varón. Naturalmente lloraba, pero
únicamente cuando estaba solo. Percibía cómo el más
débil de la barra solicitaba mi ayuda con la mirada mientras nuestro
bravucón lo maltrataba con los pies. Pero eliminaba rápidamente
el sentimiento de compasión que me invadía, las lágrimas
en mis ojos y simplemente me retiraba. Era necesario mantenerse frío.
En la barra, de todos modos, eso era el lema. En casa, mi padre tiraba de la
misma cuerda: 'Es un varón y debe saber imponerse'. Una vez lo escuché
diciendo: 'No quiero que sea un debilucho'. De alguna manera, esa frase se ha
impregnado en mí profundamente, como una imposición interna de
la que jamás podré liberarme. Mi madre no era así, pero
ella, en algún momento, ya no fue tan importante."
(Daniel, 20 años, en una entrevista)
Los padres quieren que sus hijos sepan imponerse y no sucumban en la lucha cotidiana por la estima y la consideración. Saben de su propia lucha competitiva diaria y desean que sus hijos también sepan afrontarla y no sean dejados de lado ni impunemente agredidos, sino que estén, más bien, del lado de los ganadores.
"¡No permitas que te hagan eso, defiéndete! Alguna vez tienes que devolver los golpes para obtener respeto". La espiral de la fuerza sube y la agresión es respondida con otra agresión.
Se debe actuar siempre como héroe
Las personas adultas, sobre todo los padres, varones, han olvidado cuán penosa era aquella época en que tenían que actuar como héroes, a pesar de que las rodillas temblaban de miedo. El precio pagado por ese aparente valor era alto. Sin embargo, muchos de quienes aún pueden recordarlo proceden del mismo modo y exigen lo mismo a sus hijos varones. E ignoran, en absoluto, la educación sexual que promueve la ternura en los varones, y la energía en las mujeres.
Ser varón significa que, para convertirse en un "verdadero hombre", el niño y el joven deben esforzarse mucho. La disciplina, el autocontrol y el sacrificio reprimen las formas de comportamiento consideradas típicamente femeninas. El premio prometido es la "superioridad", la pertenencia al grupo de los ganadores, estar por encima de las mujeres.
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¿Debe un varón convertirse en un "verdadero hombre"? |
Encerrado en la armadura de la masculinidad
Esto tiene un precio. Ya no sólo los varones adultos se encuentran encerrados en la armadura de la masculinidad, sino también los varones jóvenes. Muchas veces ya no les es posible volver a encontrar un equilibrio: disfrutar, distenderse, descansar, poder confiar en alguien.
Referente a la sexualidad, esto significa, por ejemplo, que importa el rendimiento, aunque el miedo a un posible fracaso esté contrapuesto a una sexualidad vivida placenteramente. Los varones creen que son quienes deben ser los conocedores, los activos, los exitosos. Los sentimientos de inferioridad y los problemas de comunicación ya se encuentran programados. Y carecen de las experiencias de distensión, de entrega y de sentirse protegidos, que son importantes para el desarrollo de una personalidad sana.
Los varones aprenden a luchar por posiciones en el grupo de amistades y, naturalmente, por la imagen que otros se hacen de ellos. Pero apenas pueden cumplir con la imagen del "verdadero hombre", y acercársele sólo engañosamente por medio de un comportamiento ostentosamente varonil. Un ejercicio extenuante para ellos mismos y para los demás.
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A los varones también les hace bien liberarse y entregarse de cuerpo y alma |
El control de los sentimientos puede provocar enfermedades
Controlar los sentimientos es peligroso, pues el rigor constante para ser
diferente a lo que uno siente y la falta de desahogo pueden llevar a la enfermedad,
a veces también a la soledad, pero, difícilmente, a la felicidad.
En otros casos, la educación típicamente masculina de los varones sería peligrosa cuando el requerimiento de la fuerza y la superioridad es aplicada a los más débiles. Muchas veces los varones advierten que su conducta prepotente resulta vacía, porque las mujeres la rechazan y porque la fuerza corporal deja de ser apreciada. Ya no controlan siquiera la propia vida, por falta de una perspectiva clara. Esto provoca sentimientos de desazón, que suelen experimentarse conflictivamente donde los seres humanos son más vulnerables, esto es, la sexualidad.
Diversidad sana
Todo esto podría ser de otro modo. La personalidad de las personas sería completa y, también, más sana si
Los padres contribuirían al desarrollo óptimo de los hijos
si
El camino de los pequeños pasos
Nadie puede lograr esto inmediatamente. Mucho mejor que un gran cambio son pequeños pasos en la dirección deseada. Quizás esta guía también pueda ayudarles en este aspecto. Quizás ustedes alguna vez se hagan algunas preguntas críticas:
La lista de preguntas podría prolongarse infinitamente. El resultado
de la suma de esas "pequeñeces" cotidianas, dirigidas en una
misma dirección, más adelante generalmente nos indica la imagen
unilateral del rol modelo.
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